San Isidro, como irrupción de una nueva centralidad en Lima metropolitana, es parte de una compleja totalidad, expresión material de la coyuntura actual de nuestra capital en todas las esferas: sociales, políticas, económicas y culturales. Así, debe ser entendida dentro de sus circunstancias no solo diacrónicas, sino sincrónicas. El presente capítulo analizará el panorama actual de San Isidro como parte de un todo llamado Lima, delimitando su lugar y participación sobre nuestra megaciudad capital.
1. Centralidad, policentralidad y límites urbanos
El nacimiento de nuevas centralidades urbanas, específicamente la del DCN en San Isidro, se puede explicar entendiendo el concepto de centro y su extensión hacia los procesos urbanos. Utilizando una definición geométrica explicada por Calabrese, la centralidad cuenta con dos elementos fundamentales: el centro y el confín. Es la tensión y dinámica entre estos dos elementos la que determina el concepto y naturaleza de la centralidad (Calabrese 1987).
Así, la centralidad urbana no es necesariamente rígida. Si el confín es entendido como una serie de puntos, a modo de bordes, que pertenecen tanto al espacio interno de un sistema como al externo, entonces puede filtrar o permear, mediante la densidad del mismo o la apertura en uno de sus segmentos, distintos elementos que no corresponden a la centralidad específica, articulando y graduando las relaciones entre lo interno y externo, entre apertura y cierre (Calabrese 1987). De esa manera, entendemos cómo las centralidades urbanas están en constante movimiento, amorfismo y son susceptibles de modificarse de múltiples maneras.
Por otro lado, otra manera de entender las mutaciones de la centralidad se relaciona con los conceptos de límite y exceso. Según Rudolph Arheim, un “centro” no necesariamente coincide con un “medio”, teniendo entonces dos opciones de centralidad: una centrada y otra acentrada (Arheim 1982). Los sistemas centrados mantienen una organización interna ordenada y simétrica, mientras que los acentrados son asimétricos y esto conlleva la generación de “fuerzas expansivas” que afectan la elasticidad del confín, entendido ahora como perímetro. Bajo esta premisa, el confín-perímetro se convierte en un verdadero “límite”. Si ese límite se derriba, se habrá eliminado el entorno o se habrá creado otro. Toda presión sobre el límite posee, por tanto, el valor de una tensión (Calabrese 1987).
Si el límite es la tarea de llevar a sus extremas consecuencias la elasticidad del contorno sin destruirlo, el exceso es la salida desde el contorno después de haberlo quebrado, atravesado, superado a través de un paso o una brecha (Calabrese 1987). Es en este contexto donde debemos entender la situación urbana de Lima y el nacimiento de una nueva centralidad: el contexto de un sistema acentrado.
Excentricidad y exceso
Hasta mediados del siglo XX, Lima se mantenía como sistema centrado: si bien la demolición de las murallas que cercaban el casco colonial y la expansión de la ciudad hacia el Callao y el sur forzaron al límite a extenderse y reconfigurar su perímetro, distintos órdenes (político, administrativo, morfológico, religioso, etc.) daban al centro histórico su carácter central. Las instituciones mantenían sus sedes y edilicias en y cerca del damero de Pizarro, y toda la ampliación de la ciudad estaba de alguna manera relacionada directamente con el centro histórico. Es justo a partir de los dos hechos urbanos antes mencionados, que Lima experimenta la situación “excentricidad”: ésta es entendida literalmente, como fuerzas que aparecen cerca del límite, dinamizando y desestabilizando el centro y reconfigurando el confín, pero sin traspasarlo. Esta es la primera etapa de mutabilidad de la llamada Ciudad de los Reyes: podríamos llamarla “Lima la excéntrica”. Empezaba un proceso que dejaba dilucidar el futuro debilitamiento del centro tradicional y la apertura de nuevas centralidades, principalmente en el área que más crecimiento tuvo la ciudad: el sur.
Fenómenos como la migración campo-ciudad acontecida desde los años cincuenta, que aumentó demográfica y espacialmente la ciudad con la creación de un cinturón de urbanismo emergente, la aparición de nuevas vías de circulación que articulan los nuevos espacios con los viejos, la apertura política del país al mercado internacional, entre otros, son algunos hechos que generan, en las últimas décadas del siglo XX, un nuevo cambio en la ciudad limeña. Así, las fuerzas excéntricas logran “exceder” el límite-perímetro-confín. Con esto, la ciudad de Lima se desestabiliza aún más que en su excentricidad, ya que el exceso (del latín ex-cedere, “ir más allá”) es la completa superación de un límite-confín (Calabrese 1987). Y es a raíz de su excedencia, que Lima experimenta la aparición de nuevas centralidades, como el caso del DCN. Al exceder los límites, se quiebra el sistema e inmediatamente se genera y organiza uno nuevo, autodefiniéndose así un (os) nuevo(s) centro(s) y un nuevo límite-perímetro-confín.
Centralidad, imaginario y memoria urbana
Hay tantos centros como colectividades que los viven e imaginan, y el DCN de San Isidro es uno de los múltiples centralidades de Lima. Como apunta Wiley Ludeña, no existe una sola memoria urbana, sino más bien muchas encontradas y desencontradas, asimismo no es posible hablar de un solo centro. Existen diversos centros en formación, en constitución y en pugna permanente. Existe un centro constituido por el poder político. Pueden existir otros en correspondencia con los intereses de centralidad del poder económico y social (Ludeña 2002).
De la misma manera, el discurso e imaginario sobre la centralidad no necesariamente corresponde con la experiencia existencial del centro. Desde la fundación de Lima y el trazado ortogonal español, Lima era centro y el centro era Lima. Toda la ciudad se limitaba a un espacio interior amurallado, en donde todas las diversas instituciones de poder convivían con las áreas residenciales. Solo hasta fines del siglo XIX, cuando se derrumban las murallas y comienza a expandirse la ciudad hacia el oeste y el sur principalmente, el centro histórico se convierte en “centro” pensado y planificado, gracias a la redefinición de dicha área como centro financiero y económico. Fueron Nicolás de Piérola primero, seguido por José Balta y Augusto B. Leguía los que resemantizaron la centralidad de Lima bajo signos económicos y financieros, a la vez que consolidaron la zonas residenciales de clase alta hacia el sur de la capital. En estos proyectos, la visión de los gobernantes fue clara: cambiar el carácter residencial aristocrático del centro y redefinirlo mediante la ubicación de instituciones económicas, financieras y políticas. El centro y su periferia se llenaron de edilicias especiales y grandes vías de articulación urbana, siguiendo los postulados de la modernidad capitalista proveniente de Europa. Ejemplo de eso es la aparición de varias sedes de bancos e instituciones como la Cámara de Comercio (1888), la Sociedad Nacional de Industrias (1895), la Sociedad Nacional de Minería (1896) o la Sociedad Nacional Agraria (1896) (Ludeña 2002). Así mismo, aparecieron edilicias de ocio para los nuevos pobladores de la zona: trabajadores del nuevo centro económico-financiero. Entre otros, aparece el club nacional y posteriormente el Lawn Tennis. El imaginario de los líderes de poder relacionaban directamente el concepto de centralidad con el carácter financiero y económico del espacio
Ya entrado el siglo XX, varios pensadores y estudiosos vislumbran lo que van a ser consideradas las nuevas centralidades, entre ellas San Isidro. Porras Barrenechea escribe en su Pequeña Antología de Lima que “Piérola y Leguía, asociados también a banqueros y hombres de negocios extranjeros, financistas avezados ambos, inician la transformación de Lima en la ciudad industrial del futuro, al ciudad de las fábricas y las grandes avenidas …. Leguía tiende sus avenidas y urbanizaciones hacia el mar y hace nacer, próvidamente, los barrios residenciales de San Isidro, Santa Beatriz, el Country y renacer Miraflores, en un nuevo sueño industrial y financiero, como el de Balta de ferrocarriles …” (Porras Barrenechea 1961). Así mismo, Aurelio Miró Quesada afirmó que “así como cambió el ritmo de la ciudad (a partir de gobierno de Piérola), empezó a cambiar también su centro de gravitación desde el punto de vista urbano. Lima – que durante la colonia había tenido en el norte a su mejor paseo: la Alameda de los Descalzos; su diversión principal: las corridas de toros; y su obra pública más resaltante; el puente de Piedra – avanzó ahora cada vez más hacia el sur”. (Miró Quezada 1947).
Con esto, poder, economía y clase alta formaron un tridente que alguna vez definió la centralidad del damero de Pizarro y que se proyectó hacia el sur de la ciudad: ya entre los años 1950 y 1970 dicho tridente encontró un nuevo lugar entre el antiguo balneario de Miraflores, Barranco y Chorrillos y el antiguo centro de la ciudad: San Isidro. La ciudad conservó la memoria y acumuló la información para repetir la génesis y características de la antigua centralidad en un nuevo nodo urbano. No es casualidad, entonces, que San Isidro sea un distrito que combina, en casi toda su integridad, al centro financiero y la residencia de las clases altas de nuestra capital, yal como lo hizo el centro tradicional en años anteriores.
2. Globalización, fractalidad y ciudad on-line
Hasta la segunda mitad del siglo pasado, Lima urbana estaba estructurada dentro del binomio centro-periferia propio de las sociedades industriales, con un predominio absoluto del centro histórico como eje y cerebro de la ciudad. A partir de esa fecha, los procesos económicos y tecnológicos han determinado un cambio sustancial en la forma de estructuración metropolitana, que tiene impacto no solo local, si no global.
Desde algunas décadas atrás, Lima comporta lo que en la bibliografía latinoamericana se define como reestructuración metropolitana (Ramírez Corzo, 2009). Este fenómeno empezó entre las décadas del cincuenta y el setenta, en donde el principal factor de esta transformación fue la gran cantidad de migrantes provincianos en busca de futuro en la capital. Al ser rechazados por el sistema estatal, recurrieron a fórmulas marginales del sistema económico y ocuparon los grandes arenales que rodeaban Lima, construyendo lo que hoy conocemos como barriadas.
Sin embargo, los cambios sucedidos desde la década del ochenta, y más claramente durante los años noventa, bajo el gobierno neoliberal de Alberto Fujimori, nos permiten hablar de una nueva transformación operada en la ciudad. Dentro de lo que se conoce, desde mediados del siglo XX, como capitalismo postfordiano o informacional, los modelos de acumulación global organizan la producción en redes de alcance global a través de las cuales circulan con gran velocidad los dos principales factores de producción contemporáneos: el capital y la información. Los ejes dominantes de esta reestructuración son: el incremento de la libertad del capital para influir tanto en la economía como en la sociedad y el permanente aumento de la rentabilidad del capital privado (Lombardo 2005).
Bajo esta economía, básicamente terciarizada, la producción tiende a deslocalizarse de sus referentes espaciales tradicionales y se realiza mediante lo que podemos denominar empresas red, cuyo centro de dirección y comando está en alguna parte del planeta, mientras que sus plantas de producción pueden estar en cualquier otra. Es lo que Castells denominó como sociedades red, en donde la fluidez juega un papel fundamental, no solo por la velocidad de los flujos del capital, información y tecnología, sino por su correlato en la esfera cultural: sensación permanente de cambio e inestabilidad en que coexisten la ausencia de referentes culturales fijos, el recurso al consumo como fuente de sentidos e identidad y el reforzamiento de ideologías fundamentalistas, en lo que varios autores denominan posmodernidad (Berman, 1988).
En este esquema de organización del espacio en torno a flujos, las metrópolis juegan un papel central, ya que constituyen nodos de esta red mundial y son los principales escenarios de producción y consumo. Esto supone, a su vez, una jerarquía de las metrópolis según su nivel de centralidad y según la intensidad de los flujos en que participan dentro de la red (Ramírez Corzo 2009). Con esto, pasamos del binomio tradicional centro-periferia, típico de las sociedades industrializadas, a la categoría conectado-desconectado, la cual será la principal herramienta para su caracterización.
Si entendemos, como bien apunta Vega-Centeno (2003), que la metropolización es un fenómeno dependiente de la sociedad informacional, en que se articulan diferentes centros urbanos en una red nodal, estos centros pueden - o no - encontrarse en un mismo continuo urbano, trascendiendo a la definición tradicional de urbanización.
Bajo este marco general, los nodos antes mencionados forman una estructura reticular y rizomáticas (De Landa XXXX), superponiéndose a las tramas urbanas existentes, generando nuevas ciudades policentrales, a la vez que espacios segregados por su desconexión a la red global. Se tiene entonces, para el caso de Lima, una ciudad dual: la zona central de la ciudad, que abarcaba el centro tradicional, el nuevo centro comercial y económico (Miraflores-San Isidro) y las zonas residenciales de clase alta y media tradicional, dotada de toda la infraestructura y los servicios urbanos, a la cual se puede denominar como conectados. Del otro, a su alrededor, grandes extensiones de urbanizaciones populares, la mayoría construida como barriadas en los llamados Cono Norte, Cono Este y Cono Sur, con serias carencias cuantitativas y cualitativas de infraestructura y servicios urbanos, a las cuales se puede nombrar como desconectados (Ramírez Corzo 2009).
Dentro de este panorama, San Isidro se presenta como el núcleo de la zona central conectada, concentrando en ella casi todas las funciones financieras, de comunicación y de servicios especiales que permiten ser a Lima un centro más de la red global. Dentro de esta nueva centralidad, San Isidro contrasta con las demás áreas de la ciudad de la misma manera que las grandes metrópolis contrastan con las ciudades periféricas, logrando configurar lo que podemos entender como una ciudad fractal (Ramírez Corso, 2009), ya que este mismo patrón es repetido a escala mayor, de manera homotética. Así, las nuevas centralidades y los llamados “agujeros negros” de Castells aparecen tanto a escala global como a escala local, y redefinen los procesos de metropolización de nuestra época.
Esto es lo que Mike Davis denomina megaciudad periférica o ciudades miseria (Davis, 2007). Son ciudades, principalmente tercermundistas, de amplia escala y con un crecimiento poblacional vertiginoso comparables en tamaño con las principales ciudades del mundo occidental, las cuales juegan un papel importante en la economía mundial (muchas veces como pieza explotada y maltratada). Estas ciudades no se encuentran al margen de los procesos globales, sino que constituyen una expresión de este nuevo orden, agujeros negros de la globalización y cuya función seria articular grandes masas de población con la economía global. También Alain Musset comparte la idea de que las ciudades miseria comparten los mismos comportamientos y problemas propios de las megalópolis contemporáneas: congestión, contaminación, degradación del medio ambiente, deficiencia de los servicios públicos, crecimiento de las disparidades sociales y espaciales, conflictos étnicos, violencia permanente, entre otros (Musset 2007).
Davis califica a Lima como una de las “cities of slums” dentro de su investigación, dada su escala y confirma la situación de nuestra capital: Si en 1940 Lima pasaba el medio millón de habitantes, en el curso de los treinta años siguientes la situación se precipitó. Lima pasó de 600.00 a 2.900.00 habitantes (Romero 1976). Ya en 1962 Salazar Bondy escribía en su Lima la horrible que “Lima se ha vuelto una urbe donde dos millones de personas se dan de manotazos, en medio de bocinas, radios salvajes, congestiones humanas y otras demencias contemporáneas, para pervivir ….. dos millones de seres que se desplazan abriéndose paso… entre las fieras que d elos hombres hace el subdesarrollo aglomerante…… la paz conventual de Lima… resultó barrida por la explosión demográfica …”. La situación en la actualidad parece haber empeorado. Según estimaciones del Instituto Nacional de Estadísticas e Informática (INEI), de los casi 8 millones de habitantes que registra hoy la población de Lima, el 36% se encuentra en condiciones de pobreza. En realidad, Lima, sigue siendo aún una ciudad miserable con pequeñas islas de ciudad primermundista. En ella más del 35% de la población habita en barriadas. Si a esta cifra se añade aquel 4% de la población que reside en el área central en graves condiciones de tugurización y deterioro físico, puede inferirse que casi el 40% de la población de Lima habita una ciudad informal y casi miserable (Ludeña 2002). Esta es la realidad de una ciudad miseria, de una megalópolis periférica. Es en este contexto en donde el DCN aparece como una diminuta y privilegiada porción de Lima on line con el mundo globalizado, mientras el resto de la ciudad vive en la precariedad, informalidad y miseria, tratando de encontrar luz por medio de dicha conexión global. Bajo esa premisa, estas megaciudades experimentan mutaciones cuya restructuración en conjunto arrastra los centros históricos tradicionales, reestructurándolos y/o haciendo emerger nuevos nodos, como parte de una dinámica urbana mutante.
3. Monstruosidad urbana y ciudad neobarroca
Excedencia, mutación, desigualdad, excentricidad … todos términos utilizados en los párrafos anteriores y que no solo han servido para explicar la situación del DCN en San Isidro y su relación con la ciudad, sino que hacen referencia a un concepto fundamental en el escenario cultural contemporáneo desde los últimos veinte años, el cual sirve de herramienta metodológica para analizar y comprender la situación actual de Lima: la condición posmoderna Lyotardiana encuentra expresión ética y estética en la idea del monstruo.
Omar Calabrese concibe a la teratología – ciencia que estudia la monstruosidad – como punto de partida morfológico para discutir las últimas tendencias estéticas y patrones de comportamiento en la cultura occidental. Para entender la trascendencia y el significado real del monstruo, es importante conocer el verdadero sentido del término. Según el diccionario de la Real Academia Española (RAE), la primera acepción de “monstruo” es “producción contra el orden regular de la naturaleza”. La etimología del vocablo es singular: proviene del latín “monstrum” (prodigio), palabra que a su vez deriva del verbo “monere”, que significa “advertir” y “avisar”. En las culturas antiguas, la aparición de cualquier cosa diferente, extraordinaria, que pareciera violar las leyes de la naturaleza, era un aviso, una advertencia de los dioses a los hombres. Con esto, se entiende que un monstruo es algo que “se muestra” más allá de una norma (Calabrese 1987), y ya que la norma bien puede ser natural o impuesta por el hombre, tenemos que cualquier ser, cosa o situación que se “muestre” alternativamente a la norma dada por un grupo humano, cultura o sociedad, será considerada como “monstruosa”, desmitificando ya el carácter eminentemente negativo que tiene dicha palabra en su uso coloquial (de “monere” y “monstrum” se derivan verbos como monstrare, demonstrare, de un significado parejo al del castellano actual).
Con la definición clara del término, y utilizando ejemplos tanto del cine, arte y literatura, Calabrese se aproxima a distintos conceptos que se alejan de los paradigmas de la modernidad y se acercan a la situación actual del urbanismo occidental, y no escapa a lo que ocurre en Latinoamérica y el Perú específicamente. Así, podemos estudiar, por ejemplo, el concepto de excedencia como característica típica de la figura del monstruo y de la ciudad: la excedencia de tamaño de un gigante, o de cualquier órgano o extremidad de un ser vivo real o fantástico puede ser comparada con la excedencia monstruosa de los edificios en el DCN, verdaderos colosos y gigantes que disputan su presencia en altura en el panorama urbano de San Isidro, generando un paisaje cada vez más lejano de la ciudad tradicional y acercándose al imaginario ficticio de películas como “Metrópolis” de Lang , “Blade runner” de Ridley Scott o “Star Wars” de George Lucas. La excedencia trasciende la verticalidad de DCN y se prolonga hacia la horizontalidad de Lima capital, excesiva e inabarcable en su extenso desierto colmado de urbanismo emergente y popular.
Dicho contraste entre la verticalidad densa en el centro y la horizontalidad salpicada de las barriadas en la periferia de la ciudad nos remite a otro concepto monstruoso: la hibridez y fragmentación. Diversos catálogos teratológicos guardan ordenadamente los distintos tipos de hibridez y mixtura biológicas. La misma morfología híbrida hecha de fragmentos encontrada en una quimera o centauro puede encontrarse en una visión panorámica de la Lima del siglo XXI, en donde la disimilitud entre las distintas áreas de la ciudad ejemplifica la complejidad de nuestra sociedad y el carácter irregular y monstruoso de nuestra realidad urbana.
Podemos encontrar mutaciones tanto en experimentos genéticos como en la evolución natural de las especies, correlato de las dinámicas de crecimiento y transformación de DCN de San Isidro producto de la especulación inmobiliaria y de la velocidad de consolidación de distrito como centro financiero en los últimos 20 años. De manera homotética, según las teorías de fractalidad de Benoit Mandelbrot, la transformación de Lima solo es un reflejo en otra escala de lo ocurrido en San Isidro, pero con resultados físicos distintos. Excentricidad emergente en los juegos al límite entre la altura de edificación de un edificio corporativo o un banco transnacional versus los niveles de sismos en la escala de mercalli, en sistemas de transporte público informales que contrastan con la inteligencia automatizada y de extremo control de los edificios de oficinas. La misma excentricidad acontecida en naturalezas como el albinismo, la locura o la homosexualidad, todas de alguna manera fuerzas motoras que desestabilizan la normalidad natural y social tradicional.
En resumen, lo que análoga de manera directa al concepto del monstruo con la situación urbana de Lima, y particularmente de San Isidro, es la inestabilidad. La policentralidad, el crecimiento vertiginoso y acelerado, la fragmentación urbana y social, la excedencia en densidad y tamaño, todas estas situaciones han desestabilizado la visión normalizada de la ciudad tradicional, así como la idealidad del proyecto racionalista moderno. La emergencia de los distintos escenarios urbanos generan una complejidad difícil de percibir desde una perspectiva general, requiriendo una serie de posiciones teóricas y analíticas para un correcto entendimiento y percepción de la ciudad. Así, el DCN aparecido en San Isidro es un fragmento – inestable en sí – de una totalidad en continuo movimiento. La aproximación a Lima desde el concepto del monstruo nos permite indagar sobre la génesis de todas sus “anomalías”, para poder comprender los sistemas en os cuales se generan y enfrentar fenomenológicamente la interrelación de sus partes, para así comprender la totalidad.
La inestabilidad de Calabrese se asemeja al concepto de modernidad líquida de Zygmunt Bauman. Este autor define a la cultura contemporánea y todas sus manifestaciones - entre ellas a la ciudad – con las características de los líquidos. La particularidad de los fluidos es que, a diferencia de los sólidos, no conservan fácilmente su forma (Bauman 2000). Esta informidad de los líquidos es característica también del monstruo contemporáneo. El factor temporal, la velocidad, y la constante mutabilidad de las emergencias urbanas nos permite tener una lectura de informidad, cambio e inestabilidad acontecida en Lima. La liquidez también se relaciona, sobre todo visualmente, con la levedad y livianidad. El lenguaje arquitectónico de los edificios financieros tienden a la ligereza, a la levedad. Las transparencias de los muro cortina y al esbeltez de edificios como el Westin Libertador, o la inclinación y los colores del Interbank confirman la idea de inestabilidad y levedad predominante en la edilicia de carácter global. Así mismo, encontramos informidad y levedad en los barrios periféricos autoconstruidos, en materiales como la estera, la calamina y la bolsa de plástico, o en la disolución vertical de las edificaciones incompletas de ladrillo. La congestión vehicular también juega un papel trascendente, mostrando siempre una masa que fluye lentamente por las “arterias de la ciudad” como reza el trillado slogan municipal. Lima aparece evidentemente líquida, informe e inestable. Los sólidos conformados por la tradición moderna de la planificación y la dictadura del cubo y la cuadrícula, el intento fallido de ordenar bajo un solo criterio la ciudad, desde la colonia hasta mediados del siglo XX, se han desvanecido a la manera de Marx, y más que desvanecido, se han convertido en líquidos informes y mutables, necesitando nuevas perspectivas de estudio y propuestas para nuestra realidad urbana y social.
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