La identidad en nuestra región no puede, bajo las nuevas circunstancias globales contemporáneas, entenderse como elemento puro e inamovible, sino como expresión de la diversidad cultural y temporal que nos habita, así como del carácter procesal inherente a toda sociedad. Hoy vivimos en un mundo donde en todos los niveles de la vida social los cambios adquieren un ritmo vertiginoso. Esos drásticos cambios inducen una creciente integración de las economías nacionales a los mercados globales, impulsando la creación de grandes bloques de comercio.
La emergencia o revitalización de organismos supranacionales, actores con una gran capacidad de poder y de incidencia sobre las cada vez más débiles instancias políticas nacionales, obligan a pensar en una virtual desaparición de los Estados-nación. Ello, gracias a la desproporción que se erige entre los alcances globales y los estrechos marcos de las políticas nacionales territorializadas. Comienza a hablarse de Estado internacional o de la internacionalización del estado como formas sustitutivas de lo que históricamente han sido las unidades ordenadoras y reguladoras de la sociedad en el capitalismo clásico, los Estados nacionales. Estamos asistiendo a la emergencia de lo que Habermas ha denominado, analizando la realidad europea, sociedades post-nacionales. Por otro lado, los adelantos en la tecnología de las comunicaciones alientan un modo de vida global que se expresa en la moda, las costumbres, la música, la gastronomía.
¿Dónde apuntamos al trazar las líneas de un cuadro dominado por la homogeneización? A señalar la imposibilidad de experiencias particulares incontaminadas de globalidad. Según Hopenhayn, no hay identidades que resistan en estado puro más de unas horas ante la fuerza de estímulos que provienen de todos los rincones del planeta.
La globalización rompe con los límites nacionales borrando las fronteras entre lo interno y lo externo. En este sentido, la mundialidad es parte del presente de las sociedades que nos habituamos a llamar periféricas, pero al mismo tiempo que nos homogeneizamos se ha exacerbado en el mundo lo que Fernando de Val (1993) ha denominado dinámica autoidentificadora, que se expresa en el estallido sincronizado de nacionalismos y en la revitalización de algunas etnias. Esto expresa de algún modo la necesidad existencial de los seres humanos de identificarnos y afirmarnos localmente con lo que ha sido nuestro, con lo que hemos sido nosotros.
Precisamente porque el mundo se ha vuelto transnacional, los pueblos necesitan definirse a sí mismos en términos que puedan comprender. Necesitan una comunidad geográfica, lingüística, religiosa, cultural que sea visible para ellos y que puedan tocar con las manos. Es en definitiva el sentimiento de pertenencia. Más allá de las tensiones que las dimensiones global-local pudieran producir, la humanidad en un sentido universal y planetario, y la comunidad en un sentido particular…., parecieran ser los dos polos de pertenencia en los cuales se reconocerá el individuo en la nueva civilización emergente (Tironi cit. Por Boisier 1995, p. 38).
La intensificación de las comunicaciones genera un ritmo más acelerado del flujo entre los local y lo global. Lo externo enviste lo interno, lo local vuelve a definir lo global (Waterman 1994); de ahí que pueda hablarse de una universalización de los particularismos o de la valorización global de las identidades particulares (Robertson cit. Por Nederveen 1994 p. 165).
Este fenómeno de intensificación de las conexiones obliga a un redimensionamiento de los mapas cognitivos para comprender el espacio y el tiempo. Al generarse un nuevo entramado global-local, la noción de límite se reestructura y se alteran las distancias, reduciéndose las separaciones entre un punto y otro. El concepto de velocidad se impone como absoluto, pues es a partir de ella que las distancias se anulan.
El concepto de identidad está ligado históricamente a la aparición de los Estados nacionales…. el nacionalismo se convirtió entonces, desde fines del siglo XVIII, en una forma moderna de identidad colectiva (Habermas 1994). Cada unidad nacional produjo, con miras a cohesionar con sentido particularista su población, símbolos, culto a próceres, fiestas patrias, etc., al tiempo que se establecían idiomas nacionales en sustitución de los regionales (Kennedy 1993).
La democracia "solapó" de alguna manera formas sociales que no encajaban exactamente en el nuevo cuadro, armado bajo la idea nueva de nación. Los conflictos étnicos que estamos observando hoy obedecen a este fenómeno: la crisis del Estado nacional como núcleo fundamental de la organización política de la sociedad. Sirve de anclaje a las aspiraciones autonomistas de esos grupos.
En América Latina, rotos los lazos coloniales, las recién construidas repúblicas adelantaron durante la segunda mitad del siglo XIX la tarea de autoidentificarse para garantizar un perfil propio frente a la demás naciones…. Impulsaron la construcción de códigos de definición cultural nacional. Brasil, en los años treinta, “inventó” los símbolos identitarios de la nación: carnaval, samba y fútbol. Elementos populares, por lo menos hoy en día.
A diferencia de países europeos donde, por razones de su desarrollo tecnológico-industrial, la ruptura con la tradición fue drástica, en nuestros países, en ausencia de ese desarrollo, hubo que echar mano de esas tradiciones para fundar nuestra identidad al tiempo que esas mismas tradiciones se apreciaban como verdaderos obstáculos para alcanzar la modernidad.
Como los signos de la contemporaneidad son tenues, la nación sólo consigue expresarse en lo que se posee de sobra, es decir la tradición. Estas fuerzas se expresan en el populismo. Éste intenta lograr superar la escisión entre las dos racionalidades o cosmovisiones: la primitiva y la moderna cuyo choque constituye parte de la historia contemporánea de América Latina. Por mucho tiempo se planteó la necesidad de superar nuestras formas tradicionales para alcanzar la modernidad. Así, la adscripción ideológica de los individuos a los estrechos límites de la comunidad local debía ser sustituida por la transferencia de lealtades a la nación. En esas circunstancias entonces la tradición aparece como fuerza y obstáculo al mismo tiempo: Fuerza por que el elemento definitorio de la identidad pasa necesariamente por ella; obstáculo pues su presencia nos aparta del ideal imaginado.
Al mismo tiempo que se intentó integrar las culturas tradicionales a la dinámica nacional. Comenzó a valorárselas cono lo propio, lo auténtico, la esencia de nuestra identidad. Con un velo de candor fueron cubiertas esas razas dejando de verlas en su verdadera dimensión humana para colocarlas en una especie de limbo sagrado. Así también se ha exacerbado en América Latina un culto al pasado, a las raíces, como el lugar donde reside nuestra verdadera identidad (Arenas 1997).
Una pálida y fantasmal fuerza nace así de las ruinas, de lo arqueológico, de restos asumidos como el reencuentro con parientes que nunca existieron. Extraviada, antes que ensimismada, en la contemplación de unas fuerzas apagadas, asume ese extravió como recuperación de la tradición, afianzándose en unos orígenes en los que se cree está la salvación. Solo que allí nada más hay ruinas, ruinas que corresponden a otros mundos, a otras vertientes.
No solo hemos oscurecido nuestro presente sino también demonizado lo extranjero, como amenazador de nuestras más genuinas tradiciones. Estamos hablando de un concepto de identidad, de una abstracción interesada que no se corresponde con los verdaderos flujos de la realidad. Desde ese código cerrado se ha intentado dar cuenta de lo que verdaderamente somos.
Preguntarse qué somos hoy los latinoamericanos pasa por un re-examen de lo que creímos haber sido hasta los momentos. No por casualidad miramos cada vez más lo que dice nuestra literatura sobre nosotros, que lo que dicen la antropología y la sociología, extraviadas como están en la crisis de paradigmas. Las obras de Carlos Fuentes, Paz, García Marquez parecieran hacer hoy más inteligible la racionalidad de nuestro universo, la especificidad del mundo latinoamericano.
Sin duda formamos parte de la cultura global. Estos fenómenos (comunicación, globalización, mercado global) relativizan los contextos nacionales como condicionantes básicos de la identidad (García Canclini 1993), e impulsan a construir una definición contemporánea de la misma: al construirseno solo en relación con un territorio, sino también en conexión con redes internacionales de mensajes y bienes, la definición de identidad no debe ser únicamente socio-espacial sino socio-comunicacional. Por lo tanto, tendrá que articular los referentes locales, nacionales y también de las culturas post-nacionales que reestructuran las marcas locales o regionales establecidas a partir de experiencias territoriales distintas. La identidad se conforma tanto mediante el arraigo en el territorio que se habita, como mediante la participación en redes comunicacionales deslocalizadas (García Canclini 1994).
La reconstrucción de concepto de identidad se fundamenta en cuatro cambios conceptuales (Garcia Canclini 1994):
a) el carácter históricamente constituido y por tanto no sustancialista de las identidades,
b) el papel de los componentes imaginarios en la constitución de las identidades étnicas y nacionales, así como en la caracterización de las diferencias con otras etnias y naciones a partir de lo cual la identidad no sería la expresión “natural” en que se viven las relaciones con un territorio, sino la manera en que se imagina que se viven,
c) la composición multicultural e híbrida de las identidades particulares de cada nación o etnia y,
d) El creciente rol de los condicionantes transnacionales en la constitución de nuevas identidades y en la disminución de los condicionantes territoriales y raciales de las identidades étnicas y tradicionales.
Y es que la diferencia, lo diverso, la inclusividad, ha sellado desde la conquista nustra existencia societaria. Fuentes lo ha mostrado bien en sus obras. En El espejo enterrado, alude al barroco del nuevo mundo – un “arte de proliferaciones” – como expresión de lo ambiguo pero también de lo inclusivo: el barroco es un arte de desplazamientos, semejante a un espejo en el que constantemente podemos ver nuestra identidad mutante. Un arte dominado por el hecho singular e imponente de que la nueva cultura americana se encontraba capturada entre el mundo indígena destruido y un nuevo universo tanto europeo como americano.
Aceptar lo otro (extranjero) pasa entonces por desacralizar las identidades, despojándolas del esencialismo metafísico, entendiéndolas en su carácter multicultural y procesal….. incluso los estilos culturales más imperialmente difundidos adoptan en cada espacio receptor un sesgo específico.
La hibridación de nuestras culturas no significa desconocimiento de la desigualdad, ni negación a los códigos tradicionales, pero demanda la redefinición de concepciones estratificadas que separan rígidamente lo popular de lo elitista, lo tradicional de lo moderno o lo nacional de lo extranjero (Garcia Canclini 1994).
Decir que lo que somos es lo que somos ahora mismo, pasa por el reconocimiento de los tiempos históricos que se cruzan en nuestro subcontinente. Ésto responde a cómo se desarrolló nuestra modernidad: no eliminó – y en muchos casos reforzó – elementos tradicionales.
Para Calderón (1987), América Latina vive tiempos culturales truncos y mixtos de premodernidad, modernidad y posmodernidad. Quizá sea gracias a esta convivencia que la personalidad cultural de nuestra región, además de múltiple se ambigua, amén de metamorfósica, y nuestra identidad en sus diversos espacios y tiempos sean varias identidades de tal modo que podemos encontrar en nosotros varios yo profundos.
En América Latina, lo que en otras historias es secuencia, es una simultaneidad. Se trata de una historia diferente del tiempo, un tiempo nuevo, que contiene muchos tiempos (Quijano 1991). Si el tiempo se mueve a velocidades insospechadas, para América Latina ellos significa una magnificación de la cualidad multitemporal que la define. De tal modo que la cohabitación de tiempos distintos se agudiza en América Latina, incentivada por un flujo de comunicaciones que difumina cada vez más las fronteras que intentaban demarcar nuestros espacios sociales.
La modernidad debe ser leida de otro modo en América Latina. Quizá ella sirva para reafirmar nuestras posibilidades desde nosotros mismos sin desdeñar lo otro, lo que de fuera nos viene, sin prejuicios. Quizá en esa mezcla reside nuestra capacidad inclusiva no expedita en otras culturas.
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